Se prevé que el PIB real crezca un 2,8 % en 2026 y un 3,5 % en 2027, impulsado principalmente por las exportaciones de los sectores energético, minero y agrícola. La inversión privada se está beneficiando de un entorno empresarial cada vez más favorable. El crecimiento del consumo privado seguirá siendo moderado, limitado por las elevadas tasas de interés y una lenta recuperación de los salarios reales. El aumento de los precios del petróleo suavizará el ritmo de la desinflación. Ralentizar el ritmo de reforma podría reducir la confianza y frenar el crecimiento del consumo y la inversión.
La acumulación de reservas de divisas se ha acelerado y seguirá respaldando la transición hacia un régimen cambiario más flexible, lo que reforzará la resiliencia ante tensiones externas. El control del gasto público y la estabilidad de los ingresos permitirán mantener pequeños superávits fiscales durante el horizonte de proyección. Una vez que se haya aplicado plenamente, la reciente reforma del mercado laboral favorecerá la creación de empleo formal, al tiempo que los esfuerzos adicionales para promover la competencia podrían impulsar la productividad. Las reformas estructurales deben centrarse ahora en eliminar los impuestos distorsivos, ampliar las bases imponibles y simplificar el sistema tributario.